miércoles, 11 de diciembre de 2019

LA ESPAÑA DE LAS NACIONES


     



Ni ellos mismos lo tienen claro. Quienes reclaman una España multinacional no saben contestar a la pregunta de ¿Cuántas naciones hay en el Estado Español? ¿17? ¿Tantas como autonomías? ¿Solo tres, Cataluña, País Vasco y Galicia? Y los demás ¿Qué somos, apátridas?

¿Qué hacemos con Aragón que como reino incluía al condado de Barcelona? ¿O el Reino de Valencia y su lengua, más antigua que el catalán? ¿Y nosotros los andaluces y Al Andalus que era prácticamente toda la península y duró siete siglos?

      Realmente es que tampoco tienen muy claro, más bien al contrario, lo que es una nación. Lo que, sea lo que sea, tampoco nunca han sido. O sea que de reclamar derechos históricos nada de nada.

          Supongamos que una mayoría cualificada de catalanes, pongamos los tres quintos, es decir unos cuatro millones doscientos mil catalanes, desearan independizarse del Reino de España y legítimamente lo plantearan en la Cortes Españolas, tal como hizo en su momento el lendakari Ibarretxe y que fue rechazado por el Congreso de los Diputados el 1 de febrero de 2005, después de que hubiera sido aprobado por el Parlamento Vasco por 39 votos a favor sobre 75, es decir apenas el 52 por ciento de los parlamentarios vascos.

          No ignoran quienes propugnan estas independencias, disfrazadas de “derecho a decidir” que no hay país democrático en el mundo, y no digamos otros tipos de gobierno, donde ese supuesto derecho exista. Circula por las redes sociales una reciente entrevista de un periodista del TV3 que, sin duda buscando una complicidad del exiliado presidente de Bolivia Evo Morales, le pregusta si vería legítimo que una parte de Bolivia se declarase independiente. La respuesta del populista presidente boliviano no ofrece lugar a dudas: “Independencia, jamás”. La cara del periodista de TV3 todo un poema.

          Los españoles hemos superado el periodo más largo de democracia en toda nuestra historia, cuarenta años  de paz social y progreso económico, no sin dificultades ciertamente, muchas de ellas debidas a crisis económicas internacionales, nos hemos incorporado a las instituciones internacionales más democráticas y prestigiosas jugando un papel importante, nuestra economía está entre las primeras del mundo, nuestros deportistas individualmente y en equipo logran éxitos internacionales, nuestras fuerzas armadas, más de dos mil quinientos soldados,  están desplegados por todo el mundo en más de dieciséis misiones de la ONU, OTAN y UE, las empresas españolas construyen el canal de Panamá, el AVE a la Meca, autopistas y ferrocarriles por todo el mundo, somos el segundo país del mundo en turismo y el primero en trasplantes de órganos, y todo eso a pesar de contar con una clase política que va a lo suyo, con tasas de paro insoportables si no existiera una de la economías sumergidas más altas de Europa (la segunda después de Grecia) y nuestros 17 sistemas educativos, uno por comunidad, no logran sacarnos de los últimos puestos en las encuestas internacionales.

          Ignoran estos destructores de la nación española que nuestra Carta Magna fue aprobada muy mayoritariamente por los españoles y muy concretamente por más del 90 %, de los catalanes, concretamente en Barcelona el 90,38 %, el 89,78 % de Gerona, el 91,34 % de Lérida y el 90,99 € de Tarragona. ¿Qué porcentaje de catalanes quiere ahora destruir lo que otros catalanes han hecho en estos cuarenta años?

          Hay algo en lo que nos hemos equivocado los españoles, la transferencia de la educación a comunidades autónomas que la han utilizado como medio de adoctrinamiento en el odio a España y, a juzgar por la situación actual, lo han logrado, pero esos fanáticos deben tener en cuenta que cuarenta años de terrorismo salvaje con casi mil muertos y miles de heridos y mutilados no lograron ese objetivo. España no abandonó ni a abandonará a los españoles que quieren y están orgullosos de serlo, aunque haya políticos que miran más por sus intereses personales que por los colectivos, pero somos muchos millones de españoles que queremos dejarle una España mejor a nuestros hijos y nietos, por mucho que se empeñen en lo contrario algunos políticos fanáticos, avariciosos y corruptos.  

miércoles, 30 de octubre de 2019

EL AGENTE OSCURO


            Publicado en el diario La Razón el 30.10.2019


Llevo tres artículos seguidos tratando el tema de las novelas de espías y no por un empeño personal por reivindicar un género literario tan perjudicado por autores desconocedores de la realidad que tienen que basar sus éxitos de ventas, los que los tienen, a base de exagerar hasta el ridículo como una mala película de James Bond.

Aquí, como en todas partes, las hay buenas, malas y regulares y para mi esta clasificación tiene mucho que ver con la credibilidad de lo que se cuenta. Las hay malas por lo exagerado de los personajes y situaciones muy alejadas de la realidad, y entre las buenas se pueden distinguir las que cuentan una historia de ficción, pero creíble y, las mejores, las que cuentan una historia real.

Entre estas últimas está la recientemente publicada por Galaxia Gutenberg, El Agente Oscuro, de autor anónimo y prologada por Ignacio Cembrero. Es la Historia de un infiltrado por el CNI en el yihadismo, contada por el protagonista que, naturalmente, ha decidido permanecer en el anonimato.

La obra narra, con agilidad y precisión, las complicadas y peligrosas actividades de un español a quien el CNI capta y él accede, para infiltrarse, primero en unos grupos radicales de estudiantes universitarios de izquierdas muy relacionados con los servicios secretos cubanos, siempre tan activos en España.

Tras el cese en ese primer escenario, sus circunstancias familiares le llevan a tener un estrecho contacto con imanes y grupos religiosos musulmanes, algunos de ellos radicales, y de nuevo el CNI le dirige para su infiltración en ese ambiente, donde de nuevo rinde un importante servicio a su país y a sus compatriotas.

Finalmente, un nuevo traslado por la geografía nacional le acerca a los servicios secretos marroquíes que operan en España y consigue, como en sus actividades anteriores, una importante información para el CNI, información de alto valor para nuestra seguridad.

Cuando la crítica de mis antiguos compañeros coincide unánimemente en alabarla es porque su argumento y personajes son auténticos y está bien contado. No pretendo hacerle publicidad, no la necesita, pero es de las que recomiendo a quien me pregunta.

Tuve ocasión de comentarla con Ignacio Cembrero, autor de un muy interesante prólogo, quien me certificó la autenticidad de lo allí narrado, pero, quienes hemos trabajado en esos menesteres, sabemos distinguir cuando se trata de ficción y cuando no.

Magnífica aportación al género de la novela de espías. Se encuadra entre las de calidad y realismo, nada de fantasías irreales, aunque, como pasa muchas veces, esta realidad supera a la ficción.

viernes, 4 de octubre de 2019

ESPÍAS


   Publicado en La Razón el 03.10.2019   



                     
      El presidente norteamericano Donald Trump ha “insultado” a los funcionarios del Servicio de Inteligencia que han filtrado las presiones de su presidente a los presidentes de Ucrania, Volodímir Zelenski, y Australia, Scott Morrison y que ha provocado, nada menos, que el inicio de un proceso de destitución, “impeachment”.

          Trump les llama espías y traidores asimilando lo que para él son graves insultos, cuando lo que han hecho estos buenos funcionarios estadounidenses es denunciar irregularidades graves en el comportamiento de su presidente.

          Varias consideraciones al respecto: En primer lugar, aclarar lo que es un espía y a qué se llama habitualmente espía. Un espía en el más puro sentido del término es un “funcionario” de un estado, que cumpliendo según que mandatos de su gobierno, vela por la seguridad de sus compatriotas y sus bienes.

          Si en el ejercicio de su función se encuentra una acción en contra de esos intereses y a quien la ha cometido, aunque sea su presidente del gobierno, tiene la obligación de comunicarlo a sus superiores. Ellos sabrán qué hacer con la información.

          Un espía, funcionario de un estado, cobra lo estrictamente justo a su categoría laboral y su motivación suele ser, en un altísimo porcentaje el idealismo. Lo define muy bien el autor catalán Domingo Pastor Petit en su obra de 1976, “La guerra de los espías” – Editorial Bruguera.

Dice así: “Tras el sujeto disfrazado de espía, suele haber algo que el lector no es muy dado a sospechar en quienes le rodean… Este oficio gris, frío, mal compensado y compañero cierto de la angustia, que precisa nervios de acero y tesoros de inteligencia deductiva e intuición, recluta lo más electo de sus artesanos en las filas de los idealistas. Sí, hay que repetirlo: de los idealistas.”

La palabra “traidor” no hay que explicarla, poro a la luz de lo que cabo de transcribir, coincidirán conmigo en que en nada se parecen ambos conceptos.

Pero volvamos a los “espías”, a los funcionarios espías que además son los encargados de obtener información sensible sobre determinado país u objetivo y que muchas veces se sirven de “confidentes”, “infiltrados” o personas que, por otra motivación, muchas veces económica, facilitan información muy importante para la seguridad del país, cobrando precisamente por esa información, en esos casos las cantidades son proporcionadas con la calificación que su información.

Si Trump cree que los insulta es que no sabe de qué va esto de los Servicios de Inteligencia. Seguramente terminará destituyendo a sus jefes, y van…, pero estoy seguro de que quienes sustituyan a los actuales actuarán de igual manera ante situaciones similares.

¿Que no todo es tan idílico en los servicios? Naturalmente, y ¿dónde lo es? El ser humano, capaz de lo mejor y de lo peor, es el componente fundamental de cualquier organización, no son máquinas y hay casos de corrupción como en todas partes, pero no juzguemos nada más que a los corruptos, no al organismo. No es justo.

viernes, 13 de septiembre de 2019

ESPÍAS DE NOVELA


       Publicado en La Razón el lunes 9 de septiembre de 2019

                    
      En enero pasado, la Universidad Rey Juan  Carlos de Madrid (URJC) organizó unas Jornadas de Literatura y Espías a las que fui invitado junto con los más prestigiosos escritores del género de nuestro país. Figuras de primera línea de la literatura contemporánea española entre cuyas obras, algunas o alguna, tratan sobre “el tenebroso mundo de los espías”, en palabras del autor catalán Pastor Petit.

         De allí nació el Club Le Carré, al que me siento honrado de pertenecer, dirigido y coordinado por Fernando Martínez Laínez y José Luis Caballero, cuyas obras son extensas y exitosas, unos enamorados del mundo de los servicios secretos que saben plasmar con intriga y realismo.

         Esa es la palabra mágica: realismo. Cuando nos conocimos, Fernando me comentó que todos ellos escriben sobre temas que investigan y yo sobre vivencias propias. Cada una tiene sus ventajas e inconvenientes. Fabular permite echar la imaginación a volar y hacer la narración tan atractiva como sea capaz el autor, sin embargo el peligro estriba en que la historia que se narra y sus circunstancias sea creíble. A poco que no se sea riguroso puede salir una historia a lo James Bond, bonita y atractiva pero poco creíble. El trabajo de documentación resulta muy importante, imprescindible, es lo que le da realismo a la obra.

         En el otro lado, el autor biográfico no necesita documentarse sobre algo que ha vivido en primera persona, la dificultad está en la habilidad para transmitir fielmente lo sucedido. Personajes y escenarios permanecen fieles en su memoria, situaciones comprometidas que no se olvidan nunca hasta en los más mínimos detalles. Luego viene lo difícil para el autobiógrafo, la narración del hecho sucedido. Eso ya depende de las dotes personales para la narrativa. Por eso algunos agentes del CNI han confiado en la experiencia y saber hacer de periodistas reconocidos.

         David John Moore Cornwell, verdadero nombre de Le Carré reúne todas las cualidades y conocimientos, todas las experiencias, como miembro del MI5 y MI6 británicos, los servicios de inteligencia del Reino Unido, que le han convertido en el más brillante escritor del género. Naturalmente no todo lo que escribe, quizás solo un  reducido tanto por ciento, está basado en experiencias propias, pero cuando fabula conoce perfectamente donde está el límite y nunca se excede. Todo es creíble y si no ocurrió bien pudo haber ocurrido.

         Dado el éxito de las pasadas Jornadas de Literatura y Espías, se están preparando, para principios del próximo año, otras dos ediciones, una en la propia URJC y otra en Zaragoza. Recomiendo a los aficionados a este género literario la asistencia a estos dos certámenes.

         La literatura de espías sigue viva, yo diría que en España está pasando por una etapa brillante, aunque todo lo que se publica, según verdaderos expertos del tema, no sea digerible.
        
        

jueves, 22 de agosto de 2019

DR. SÁNCHEZ: PLANTÓN Y VACACIONES

Publicado en La Razón el miércoles 21 de agosto de 2019




        Este país, ya casi nadie dice España, y menos la izquierda, adolece de una tremenda falta de educación. Lo he escrito infinidad de veces en mis artículos con un título común: “Es la Educación, imbécil”, parodiando al presidente norteamericano Bill Clinton en la campaña electoral de 1992. Él decía: “Es la economía, estúpido” y le valió para ganar las elecciones. No pretendo tal, pero sí mover a algunas dormidas conciencias de nuestros políticos que parece que aún no se han enterado.

          Es muy sencillito, que decía un antiguo profesor, solo consiste en respetar a los demás, respetarlos en el más amplio sentido de la palabra, es decir: no hacer ni decir nada que pueda molestar u ofender gravemente a otras personas. En eso consiste la buena educación. No dejarle el asiento al impedido, anciano o embarazada (cada vez más frecuente entre los jóvenes, aunque el  asiento esté marcado para tal fin), es solo una muestra de la mala educación, como lo es llegar tarde a una cita y hacer esperar (perder inútilmente el tiempo en la espera) a la persona con la que hemos quedado, y no hace falta que sea S.M. El Rey Felipe VI. ¡A ver si nos enteramos Dr. Sánchez!, la misma falta de educación que si hubiera quedado con su jardinero.

          Lo que pasa es que ha dado con un monarca, en este aspecto, excesivamente educado, que aguantó estoicamente cincuenta minutos. Otro se hubiera ido o simplemente le habría mandado recado aplazando el encuentro. No vale el retraso motivado por una reunión anterior. Quienes tenemos, o hemos tenido, una agenda apretada sabemos cuándo hay que cortar una reunión por un compromiso posterior y si es necesario aplazar para otra ocasión los que haya podido quedar pendiente, todo menos hacer esperar a nadie, sea quien sea. ¡Menuda falta de respeto y educación! Solo lo que llamamos “fuerza mayor” podría ser motivo del retraso o ausencia del encuentro, nunca una reunión anterior que debe estar siempre programada en su horario y extensión.

          Viene a cuento un fenómeno nuevo, o semi nuevo en nuestra sociedad: los raperos. Muchos de ellos son seres humanos sin escrúpulos, ni respeto a nada ni a nadie, que amparados en la nueva “libertad de expresión” ofenden gratuitamente a víctimas del terrorismo, guardias civiles o quien se tercie. Son, junto con los escraches que puso de moda la izquierda, pero que les hacen llorar cuando va contra ellos, ¿verdad señora Colau?, las nuevas expresiones libres de esta sociedad española. Caiga quien caiga.

          Esa nueva libertad de expresión ampara a los homenajes a etarras excarcelados y en esa dinámica, muy pronto a violadores reincidentes, corruptos y estafadores que también tienen familia y amigos. ¡Faltaría más!

          De la importancia y transcendencia de la educación da idea el hecho consumado, gracias a la pasividad de nuestros políticos nacionales, de que los independentistas catalanes y vascos se apresuraron, con mucho éxito, a manejar la educación de sus autonomías, convertida en adoctrinamiento al más puro estilo nazi, con los resultados por todos conocido, cuando realmente solo tienen transferida la gestión, mientras la Inspección General del Estado lleva cuarenta años de vacaciones. 

          Y hablando de vacaciones. ¿Cree de verdad el Dr. Sánchez, a la sazón presidente del gobierno en funciones, que está la economía, que amenaza con recesión, la política, amenazada de secesionismo, y tantos problemas como tiene España en este verano de 2019, en una situación que aconseje a quien tiene la máxima responsabilidad de resolverlos tomarse unas “merecidas” vacaciones?. ¿Quiénes de ustedes, queridos lectores, no ha tenido que renunciar a ellas por motivos de trabajo o responsabilidad en determinadas ocasiones? Yo, simple funcionario, en más ocasiones de las deseadas y nadie me preguntaba.