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viernes, 15 de marzo de 2019

AMOR Y ODIO




        

          Podría establecerse, en términos muy generales, que el ser humano, que es capaz de las mayores hazañas y de los más horrendos crímenes, se mueve fundamentalmente por dos motivaciones: el amor y el odio.

          Naturalmente no me estoy refiriendo a lo cotidiano, la vida habitual de cada uno, el trabajo, la familia, la sociedad con la que tratamos a diario. No me refiero a los actos mecánicos ni al desarrollo de las vidas de la inmensa mayoría de nosotros. Me refiero a actos extraordinarios pero de los que se producen infinidad de ellos cada día, en uno u otro sentido, aunque sean más divulgados los negativos, los motivados por el odio.

         Hacía esta reflexión viendo una fotografía, de hace un tiempo,  de unos etarras excarcelados y reunidos en Durango. Los rostros desfigurados por el odio, irreconocibles como seres humanos, ese odio que, seguramente,  les  inocularon en su juventud en una ikastola.

         Han pasado años en la  cárcel, donde una sociedad democrática ha creído que podrían reinsertarse, volver a ser ciudadanos sin odio, personas capaces de olvidar y arrepentirse del inmenso daño causado, pero viendo sus caras se llega a la convicción de que eso no ha sido posible. No hace falta que hablen,  ni siquiera que guarden un silencio culpable, solo hay que ver sus caras deformadas por tanto odio acumulado.

         Amor y odio van siempre en función de los demás, se ama o se odia a seres humanos, individual o colectivamente. Podríamos poner más ejemplos, pero basta uno para entender lo que quiero decir: la madre Teresa de Calcuta puede ser el paradigma, la sublimación del amor humano hacia sus semejantes más necesitados, precisamente, de ese amor.

         Se aprende a amar y se aprende a odiar, se enseña a amar y a odiar, se llama formación, educación, adoctrinamiento, según el grado o la intensidad con que aleccione quien asume tan importante responsabilidad.

         Viendo las caras deformadas por el odio de esos etarras se han desvanecido muchas esperanzas de una solución democrática para algunos problemas de la humanidad como el hambre y la pobreza, causadas por la falta de amor y el egoísmo, o el terrorismo cuyo motor es el odio a los distintos.

         Estos etarras no han cumplido sus penas de cárcel, donde no quisieron arrepentirse de sus crímenes, gracias a una sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo. Lo que ese alto tribunal no ha podido quitarles es la condena de vivir el resto de sus existencias en el odio.

         No lo digo yo, lo decía Mao Tse Tung que debía saber por qué lo decía: “La revolución es la movilización del odio”. Sin duda debió sembrarlo abundantemente entre sus compatriotas para lograr movilizarlos.

         Viendo la presencia de niños en algunas manifestaciones públicas blandiendo banderas, me da igual las que sean ni lo que reivindiquen, pienso si esos padres son realmente conscientes de la educación que están dándole a esos hijos, si estarán aleccionándolos con plena responsabilidad, si los utilizan sin medir el alcance de esa manipulación y  radicalización.

         Los padres son también responsables de a qué centros educativos llevan a sus hijos y de la formación que en ellos se imparte. Se puede sembrar en esos jóvenes corazones valores positivos de solidaridad y amor hacia sus semejantes, pero también, y es lo lamentable, el odio hacia personas o colectivos que puede, y de hecho así es, derivar en atroces crímenes.

         Un jugador de futbol argelino, compañero de vestuario de Xavi Hernández (apellido español donde los haya), declaraba recientemente: “Xavi me ha dicho que en Cataluña se enseña a odiar al Real Madrid”

         En el País Vasco llevó al crimen. El odio excluyente y separatista no puede traer nada bueno, tampoco para el que odia. Informes publicados de colectivos de profesores catalanes denuncian el adoctrinamiento que en muchos centro educativos se lleva a cabo con niños y no digamos ya en universidades. ¿Qué sociedad independiente, basada en el odio, pretenden construir?

viernes, 1 de septiembre de 2017

LA MAYORÍA SILENCIOSA OTRA VEZ

Publicado en el diario La Razón el miércoles 31 de Agosto de 2017

   
                               

          LA MAYORÍA SILENCIOSA OTRA VEZ

                 La historia se repite con machacona tozudez, las experiencias pasadas, propias y ajenas,  duran poco en la memoria colectiva de la sociedad y ya se sabe, como dijo Marco Tulio Cicerón, nada menos que cien años antes de Jesucristo: “quien olvida su historia está condenado a repetirla”.

                Quizás sea aplicable a muchos pueblos de la Tierra, pero desde luego bien nos lo podemos adjudicar los españoles. Para la historia de una nación centenaria como España, al margen de debates sobre Nación – Estado, Nación – Histórica o Nación moderna, siempre entre las más antiguas de Europa, la situación que se vive en nuestro país,recuerda épocas no muy lejanas, épocas que se enmarcan en los preludio de las dos Repúblicas vividas en España y durante estas, sin llegar a los extremos separatistas de la Primera, ni la quema de conventos que precedió a la Segunda.
   
               Digo que la historia puede repetirse, aunque los actores sean distintos, porque los hechos se parecen demasiado. La pretendida proclamación de la República Catalana, prevista por los independentista para el próximo 2 de Octubre, tras la supuesta celebración del referéndum secesionista, cuyos antecedentes en 1641 (Pau Claris), dura exactamente seis días; en 1873 (Estanislao Figueras), dentro del Estado Federal español, dura dos días; en 1931 (Francesc Maciá), dentro de la Federación de Repúblicas Ibéricas termina a los tres días de negociaciones con el gobierno de la república, y 1934 (Lluis Companis), dentro de la República Federal Española, un día, tras proclamarse el “estado de guerra”. Todas tuvieron escaso recorrido. Un factor común a estos hechos históricos ha sido, sobre todo,  la inestabilidad del Estado español.

             Inestabilidad que se hace más patente durante las dos experiencias republicanas.

            La I República (1873 – 1874) no cumple ni los dos años de duración en los que se suceden cinco gobiernos (Estanislao Figueras, Pi y Margall, Nicolás Salmerón, Emilio Castelar y Francisco Serrano). Del proyecto de Constitución, que preveía una Nación Española constituida por 17 Estados, como Andalucía Alta y Andalucía Baja, Castilla la Nueva y Castilla la Vieja, habría para muchos artículos, aunque hablar de esto no sea, hoy en día, políticamente correcto.

          De la II República, (1931 – 1939) que alberga dos intentos secesionistas catalanes, tiene en ocho años de duración, tres de ellos en el exilio, nada menos que viente gobiernos, alguno como el presidido por Augusto Barcia Trelles, solo dura tres días, del 10 al 13 de mayo de 1936, sucede a Azaña (febrero a mayo del 36) y es sucedido por Casares Quiroga que tampoco dura demasiado, hasta julio de ese mismo año. Veinte Gobiernos y doce presidentes.

         No hemos aprendido nada como Nación. Gobiernos centrales en minoría parlamentaria, que han tenido que recurrir sistemáticamente a pactos con partidos regionalistas (devenidos en independentistas) para formar gobiernos a base de sucesivas y mayores concesiones hasta el famosos Estatuto de Autonomía de Cataluña, a todas luces inconstitucional, amparado por el presidente Zapatero (“Apoyaré la reforma del Estatuto de autonomía que salga del Parlamento Catalán”).

         Cataluña, sus cuatro provincias, superaron en participación (67%) y votos afirmativos (91%) la media de España en el referéndum de la Constitución de 1978, mientras le polémica reforma del Estatuto de Autonomía catalán de 2006, se quedó en una participación del 49 por ciento y de ellos un 79 por ciento lo aprobaron. Es decir, de los posibles electores catalanes de entonces, 5.310.000, solamente  2,133,000 lo aprobaron. ¿Donde están  los 3.177.000 que ni se molestaron en ir a votar o lo hicieron negativamente?

        Bien es sabido que los eficaces activistas de la independencia logran movilizar en sus manifestaciones públicas, cadenas humanas y votaciones, a prácticamente la totalidad de sus correligionarios, a los que no les importa, sino al contrario, ir acompañados de niños, adoctrinada juventud en treinta años de inmersión. Pues según las últimas manifestaciones y encuestas  no pasan de 1.700.000 los partidarios de la independencia, en vista de lo cual, en las “secretas leyes” que prepara el Gobierno Catalán (no han sido ni van a ser debatidas en su Parlamento) no se fija un suelo de participantes, es igual, con que vayan cinco y tres voten que si el día 2 se proclama la República Catalana.

        Se quejan muchos catalanes, que se sienten también españoles, del poco apoyo del Gobierno central e incluso del resto de sus compatriotas, como si les hubiéramos dejado “solos ante el peligro” y es posible que tanto pacto gubernamental  del pasado reciente les haya decepcionado, quizás que no se organicen masivas manifestaciones en otras ciudades españolas en contra de los independentistas les da la razón, pero ellos son mayoría en Cataluña y salvo  algunos pequeños y activos movimientos cuidadanos y algunos magníficos periodistas que hacen la guerra por su cuenta,  no se les ve. ¿Estamos otra vez ante la nefasta mayoría silenciosa? Nos jugamos mucho todos. ¿A qué esperamos?

miércoles, 12 de julio de 2017

EL EJERCITO EN LAS RAMBLAS

Publicado en el diario La Razón el miércoles 14 de Junio de 2017




                    EL EJÉRCITO EN LAS RAMBLAS

         Dios no lo quiera, ojalá el Gobierno español no se vea en la tesitura de decretar el nivel de alerta 5, el máximo previsto en nuestra normativa de seguridad.

         En esta lucha contra el terrorismo yihadista, ese enemigo que nos ha llevado a la tercera guerra mundial, el protagonismo defensivo solo corresponde a las Fuerzas Armadas cuando los responsables de defendernos del terrible enemigo, estiman que se ha llegado a una gravedad extrema de la situación, cuando tienen la casi certeza de un atentado inminente y masivo, del que siempre se desconoce el lugar, la hora y las siempre imprevisibles y terribles consecuencias.

         Algunos países europeos que han sufrido más recientemente el zarpazo cobarde del terror, hace tiempo que decretaron el máximo nivel de alerta. Quien haya tenido ocasión de viajar a Italia, Bélgica o Francia recientemente, habrá podido comprobar (en Italia desde hace años) como militares patrullan, incluso con el uso de tanquetas, en aeropuertos y lugares de concentración masiva de ciudadanos y, por supuesto, instalaciones estratégicas como depósitos de agua potable, centrales eléctricas, etc.

Esa presencia del ejército en la calle es asumida por los ciudadanos con la mayor naturalidad, sabedores de que la misión de estos soldados fuertemente armados, con protecciones personales al máximo posible, es defenderlos de un más que posible ataque terrorista cada vez más imprevisible.

El terror ha descubierto armas baratas y difícilmente detectables como camiones, furgonetas o simples cuchillos de cocina, con los que cusan muertes y heridas de forma indiscriminada, en horarios de mayor afluencia y en lugares insospechados.

Decía al principio que ojalá no ocurra, que Dios no permita que nuestro país, España, se vea amenazado más de lo que ya lo está y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, junto con el CNI, recomienden al Gobierno, elevar al nivel máximo la alerta contraterrorista.

Entonces, si llegara el caso, veríamos a nuestros soldados de fuerzas especiales, de la Legión, de Infantería de Marina, paracaidistas y aquellos que ya han tenido la difícil experiencia de Afganistán, Líbano, Somalia y tantos otros lugares, donde la presencia militar española es altamente valorada, patrullar, a pie o en vehículos blindados, por la Castellana de Madrid, las Ramblas de Barcelona, los aeropuertos de más tráfico del Estado o estaciones de ferrocarril como Atocha o Sants.

        Aquí, en España, como en Italia o Bélgica, la presencia en las calles de nuestro ejército, lejos de inquietar, tranquilizaría a los ciudadanos, una tranquilidad siempre relativa y consciente del peligro, pero con un efecto, desde mi punto de vista muy positivo, la concienciación colectiva de que existe un enemigo común y peligroso contra el que todos debemos luchar, desde la prevención al enfrentamiento.


       Claro que héroes, como nuestro Ignacio Echeverria, no abundan, aunque conociendo bien a los españoles, no descarto nada.