lunes, 5 de octubre de 2015

UN PAÍS FRACTURADO

Publicado en La Razón

Al contrario de lo que suelen decir todos los partidos tras unas elecciones, que todos han ganado, es evidente que el pasado domingo 27, todos han perdido, pero sobre todo han perdido los catalanes, la ciudadanía catalana que se ha expresado en las urnas de forma tan dispersa.


         Seis partidos entran en el Parlamento catalán, cuatro de ellos prácticamente igualados en la decena de escaños, la coalición ganadora de Convergencia y ERC, con 62 escaños, muy lejos de los últimos resultados obtenidos por separado, 71, 50 más 21, y sin llegar al 48 por ciento de los votos emitidos. Los únicos triunfadores, Ciudadanos, vuelve a subir de 9 a 25, casi triplicando sus votantes y la CUP que también triplica.

         Casi el ochenta por ciento de los cinco millones y medio (5,5 M) de catalanes con derecho a voto han acudido a la cita, algo más de cuatro millones, de los cuales, los independentistas, (JxSI más CUP), no superan el millón novecientos mil votantes, es decir el 47,8 por ciento, cerca de la mitad de los que han acudido a votar.

Del millón cien mil que se ha quedado en casa o se han ido a la playa, buena parte, una mayoría me atrevería a suponer, son constitucionalistas, porque los independentistas, el millón novecientos mil, esos han ido todos, su motivación es muy superior, han contado con la inmersión política y educativa durante más de treinta años, y cooperación de todos los medios de comunicación catalanes, (convenientemente subvencionados) con editoriales conjuntas y el veto a quienes podían expresar ideas contrarias al independentismo como el socialista catalán Josep Borrell. Por referirme solo al último caso.

Hasta aquí las cifras, que son incuestionables. Otra cosa son las interpretaciones que se hacen de ellas, pero hay algo que, punto arriba, punto abajo, es muy evidente: Los catalanes son independentistas o constitucionalistas al cincuenta por ciento, es decir, un país absolutamente partido políticamente en dos.

No será fácil para Artur Más formar un gobierno mínimamente coherente, al margen de imputaciones, aun contando con el apoyo de la CUP o precisamente por ese apoyo de un grupo radical de izquierdas, antisitema. Convergencia, aun sin Unió, seguía siendo el partido de la burguesía catalana, del empresariado, de las clases altas y medias, que ahora han ido juntos con los republicanos de izquierdas (ERC) y necesitan a los más radicales de la CUP. Una mezcla explosiva, sin duda.

Pero aun en el caso de que lleguen a acuerdo partidos que están en los extremos, unidos por la obsesión del independentismo, saben que tienen enfrente y harán valer sus derechos, a la mitad, al menos, de los catalanes, si es que no empiezan las deserciones en Convergencia, molestos por la presencia en sus filas de tan extraños compañeros de viaje.

Es la peor de las situaciones para todos los catalanes, y el resto de los españoles que observamos impotentes el proceso, la división por la mitad. Eso no tiene posibilidad de componenda. Por ese motivo, el mismo día 27, Inés Arrimadas, líder de Ciudadanos, pedía nuevas elecciones. Ellos suben de elección en elección y Convergencia lleva la deriva contraria. Quién sabe si, tras la experiencia reciente y los posibles pactos contra natura, muchos catalanes de Convergencia terminarán de dar el paso hacia Ciudadanos o demás partidos constitucionalistas. De cualquier forma, difícil de restañar esta fractura de la sociedad catalana. Llevará mucho tiempo y políticas inteligentes, nada de palos de ciego y ocurrencias. ¿Tenemos políticos para eso?

¿La reforma constitucional?… ¡Qué largo me lo fiais! Tiempo tendremos de hablar de ello.

1 comentario:

  1. Lo que incomprensiblemente parece darse por descontado en la mayoría de análisis, es la renuncia a poner constantemente de manifiesto la ilegitimidad democrática con que se ha creado artificialmente esa masa de independentistas, mediante el continuado abuso del poder político, la corrupción económica para financiarse y la manipulación de la historia y la enseñanza, etc…, de los sucesivos gobiernos de La Generalidad. Recuérdese que dentro de cuatro años votarán en las próximas elecciones los estudiantes catalanes que ahora tienen 14 años, y dentro de ocho años lo harán los que ahora tienen 10 años, todos ellos fácilmente contaminados de resentimiento antiespañolista: ¿cuánto creemos que va a tardar esa minoría del 47,8% de independentistas en pasar a ser un 51%? ¡O les recordamos continuamente que eso les quita toda legitimidad democrática y les sitúa en el puro totalitarismo, o seguirán fanatizándose hasta ser mayoría!

    Y sin embargo los independentistas, tan conscientes son –aunque lo nieguen- del carácter totalitario (por no decir ¡fascista!) de tales corrupciones, que a diario prostituyen el significado de la palabra Democracia cacareándola con su incontrolable necesidad de convencerse a sí mismos del pretendido -y nunca creído- carácter democrático de su progresión; legítima en su aspiración, pero ilegítima y no democrática en los medios usados para alcanzarla.

    Este engaño de los políticos que los manipulan es conscientemente asumido como autoengaño propio, y compartido como colaboración al engaño ajeno, por sus seguidores; quienes a su vez hacen campaña proselitista (¡y esto es innegable!) en las continuas convocatorias patriotero-fanático-folclóricas nacionalistas (financiadas con los impuestos de todos los españoles) en las que colaboran con entusiasmo a engañar a otros. No se diga luego, cuando inconscientemente se llegue al ya cercano fascismo nacional-catalanista, que no se les advirtió y que no se dieron cuenta del resbaladero por el que se precipitaban.

    Desgraciadamente, y por muy fuerte que suene, recuerda demasiado al devenir seguido por el nacional-socialismo alemán que acabó en nacismo. Se comienza rompiendo en dos una sociedad porque el nacionalismo catalanista justifica los medios, pero se puede acabar, como demuestra la historia, teniendo que justificarse con un estúpido: “no nos dimos cuenta”, en una barbarie que nadie hubiera imaginado jamás.
    F.

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